La amargura del fruto más dulce

Los cerezos en flor constituyen uno de los escenarios más espectaculares y hermosos que alberga nuestro territorio. Los variopintos entornos paisajísticos donde se cultivan, entre verdes montañas y fértiles valles, con el mar a escasos kilómetros, dibujan uno de los lienzos más bellos del patrimonio de esta provincia. Y cuando hablamos del fruto en sí, el valor es incalculable. Su dulzura abre boca al cálido verano y en numerosas ocasiones ha sido un recurso muy empleado por la literatura y la poesía como objeto de deseo o escenario de entrañables historias de amor.

Aunque parezcan razones más que suficientes, estos no son los únicos atractivos que aportan personalidad al cultivo. Las cerezas son protagonistas de una historia milenaria forjada en las comarcas de la Montaña de Alicante, con importantes valores socioculturales como la agricultura tradicional, la gastronomía, la artesanía que supone la recogida manual y la conservación de todo el ecosistema. De hecho, es de las pocas zonas en España en los que se da muy bien o se daba, mejor dicho, este cultivo, junto con el valle del Jerte y alguna localidad de Aragón.

Pero la cereza alicantina va mucho más allá de la Montaña de Alicante. En municipios como Villena, Ibi y algunos del Alto Vinalopó tenemos grandes fincas que se caracterizan por la modernización del cultivo, lo que nos deja una estampa aún más enriquecedora: en una misma provincia aunamos tradición e innovación en dos zonas: un modelo tradicional que evita la despoblación del medio rural y otro de economía de vanguardia que aporta profesionalidad al cultivo. 

Sin embargo, llevamos un lustro, cinco años en los que las cosas se han torcido, en los que el singular encanto del fruto rojo color rubí no progresa y se queda en un intento fallido y frustrado por parte de sus productores. Los cerezos son árboles muy frágiles para el enorme peso de las muchas responsabilidades que sobre ellos caen, como ser parte del soporte de unas economías rurales muy debilitadas, ayudar a prevenir incendios y cuidar de los suelos para evitar que se erosionen.

Se habla mucho del cambio climático, de las consecuencias que tendrá, de cómo debemos adaptarnos y de lo que tenemos que hacer para mitigarlo. Pero nadie se ha parado a decirnos qué tenemos que hacer para no abandonar el cultivo. Mientras tanto, los cerezos y sus agricultores siguen ahí, luchando como David contra Goliat, con esperanza y resignación, deseando que todo lo que está aconteciendo sea un mal sueño, que acabe esta maldita pesadilla, que todo vuelva a la normalidad, que haga frío cuando tiene que hacer frío, que llueva cuando toca llover, que haga calor cuando llega el verano, que las abejas vuelvan a volar y fecundar las flores, y poder así volver a ofrecer a la sociedad el fruto de su trabajo, esas sabrosas cerezas que todos apreciamos.

Pero la realidad, por desgracia, es radicalmente contraria. Lo que era celebración y alegría se ha convertido en silencio, en el silencio del abandono, con el gran peligro que supone de que finalmente se transforme en el silencio de la muerte.

No obstante, estas desgracias difíciles de controlar se pueden revertir si existe un compromiso urgente por parte de los gobernantes de canalizar ayudas de extrema urgencia a sus productores, ayudas directas que compensen los daños, investigación sobre nuevas plagas y otras variedades más resistentes a las actuales condiciones ambientales,  así como la adaptación del seguro agrario para que compense realmente los daños y contemple una adecuada cobertura, con el único fin de que no abandonen por no resultarles sostenible ni rentable.

Los agricultores quieren seguir, hay jóvenes que desean dedicarse a esto, pero no ven cómo porque no encuentran apoyo, porque nos les salen las cuentas. Por ellos y por conservar un elemento tan emblemático, apelo al conjunto de la sociedad a que muestre solidaridad con nuestros agricultores, con esos guardianes que nos aportan aire limpio, bellos paisajes, agua y alimentos, sumidos en una situación catastrófica, con unas condiciones climáticas cada vez más adversas, y con políticos que a pesar de la desdicha siguen poniéndose de perfil. Por ellos y por nosotros, salvemos nuestras cerezas.

José Vicente Andreu, presidente de ASAJA Alicante

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